miércoles, 1 de abril de 2020

LLEGARON TARDE


Gonzalito, vestido con el guardapolvo azul-marino que se ponía para las grandes ocasiones, meditaba sobre la barandilla del viaducto, principio del fin de muchos desesperados. Su madurez había llegado hasta allí caminando de espaldas al mundo. Miraba al vacío y se veía reflejado en el espejo de la soledad, sin nadie dispuesto a compartir con él sus miserias. Sólo tenía tiempo, y se quedó sin nada. “¡Cuántos amigos tendría si, en lugar de pobrezas, amasara bienes e influencias!”, decía para sí, con la vista perdida en la profundidad, moviendo la cabeza.
Todos lo sabían. Desde pequeño entendió  que la vida no tenía ningún sentido sin la satisfacción de ayudar a los demás. Así, estuvo siempre para todo y para todos.  “Gonzalito —le decía el vecino de la tienda —, mañana tenemos que  descargar un camión de fruta”. A primera hora de la mañana ya estaba preparado, dispuesto a descargar lo que fuese. Desde allí, cansino, sudando como un pollo y con la lengua fuera, corría a complacer al carpintero, que le esperaba para acomodar en la furgoneta un pedido de muebles.  Después se iba a la sastrería, donde tenía que doblar las piezas cortadas para la faena del día siguiente. 
Cuando no era uno, era otro: para una mudanza, para pedir una cita en el ambulatorio, para recoger en el colegio a unos niños, para colocar lámparas y muebles después de una limpieza general..., para todo servía y se ofrecía con agrado el inefable Gonzalito, que, fuese donde fuese, siempre vestía de azul-marino, su color favorito, el de las grandes ocasiones. Para él todos los días eran importantes, aunque no descansara nunca, ni domingos ni días festivos. Esos días también tenía faenas,  distintas, pero tenía: cuidar a una anciana, vigilar algún comercio, llevar a los críos al parque mientras los papás dormían la siesta...  
Acababa exhausto, molido.  A cambio tenía todas las necesidades cubiertas. Sin pedir a nadie ni preocuparse de nada, nunca le faltó un techo con ropa limpia y comida caliente.
Sin embargo, tan ocupado como estaba siempre, no le quedaba tiempo para pensar en su propio descanso ni en su divertimento ni, mucho menos, en la suerte que le guardaba el porvenir. Tampoco imaginaba que algún día, no muy lejano, estaría sentado en el pretil del viaducto sin saber qué hacer.        
Todo cambió cuando el barrio de siempre, en los arrabales más humildes de la ciudad, levantado con la informidad de muchas chabolas sin licencia, fue absorbido  por la expansión que demandaba el progreso. Los habitantes de aquellos suburbios, empadronados a la fuerza, fueron desahuciados con destino a colmenas prefabricadas, muy lejos de allí, amuebladas sólo con la penuria del espacio.
Desapareció la tienda, la carpintería, el sastre... Todo. Las casas nuevas olían a estreno pero, por pequeñas, condenaban a sus ocupantes a no crecer y a desentenderse de huéspedes y visitantes.
Aunque con estrecheces, todos tenían una casa reconocida donde vivir. Eso contentaba a la mayoría. Sin embargo, Gonzalito, como  era titular de la nada, no fue destinatario del beneficio de la permuta. Con aquella modernidad se quedó desocupado. Los ancianos fueron internados en Residencias o atendidos en Centros de Día, y también abrieron guarderías y ludotecas para los más pequeños.
Todos estaban encantados menos Gonzalito. Éste, convencido de que ya no era necesario para nadie, encaminó su vida hacia el viaducto. Allí,  sentado en el malecón, al otro lado de la baranda, con la mirada puesta en el abismo, pensó en cómo quedaría un cuerpo al impactar con el suelo de la profunda depresión. Dudaba entre sentir el dolor de tan dantesco espectáculo o verse con la mano tendida en la puerta del túnel, hervidero por dónde discurrían las serpientes mecánicas cargadas de privilegiados con  sueldo, agraciados sin tiempo para holgar. Aquello sería mejor, pero el hambre y el frío —pensaba—  harían de él un hombre ausente, escapado por las  rendijas de la existencia, ignorado por la multitud transeúnte.
Mientras él caía en lo más hondo de aquella zozobra, sus amigos y vecinos, que tenían algo muy importante que decirle, le buscaban por toda la ciudad. A pesar de las pesquisas, no dieron con él.
Por fin, alguien dijo dónde podían encontrar al del blusón azul. Todos fueron en procesión al lugar indicado, deseando exponer a su amigo las decisiones que habían adoptado por unanimidad:
·       El nuevo distrito se llamará  San Gonzalo.
·       Gonzalito será el representante perpetuo de los vecinos del lugar.
·       Tendrá derecho a casa y a una mensualidad dineraria con carácter vitalicio...
Todo, concluía el manifiesto, costeado por sus vecinos, que pedían al flamante regidor el compromiso de que siguiera siendo el amigo de siempre.
Por fin tendrían ocasión de reconocer públicamente a Gonzalito lo que había hecho por todos y premiarle como él se merecía, pero llegaron tarde.
La alegría de tantos amigos fue desterrada por la incertidumbre, primero, y por la tristeza, después.  Los municipales no les dejaron ver el abstracto de color añil sobre fondo granate, estampado en el fondo del precipicio.
--------------------
NOTA: De libro "Leña y papel y otros cuentos"

TAMBIÉN PUEDES LEER:

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gustan sus cuentos porque son comprensibles y todos, entre moralejas y enseñanzas, te hacen pensar. Saludos. Luisma.

Alejandro Pérez García dijo...

Gracias, Luisma, por esas palabras alentadoras

Saludos cordiales.

recomenzar dijo...

Me gusta como escribes
Es una lástima que poca gente vea lo que haces
Para que te conozcan tienes que salir de ti y visitar otros blogs suerte

Alejandro Pérez García dijo...

Gracias, Recomenzar. Tus palabras animan mucho, pero lo que hago, lo que escribo, sirve de poco. El público en general está más dedicado a las redes sociales de contenidos poco creativos. Agradecido, recibe mis afectos y consideraciones.

recomenzar dijo...

tienes que comentar y comentar en los blogs conocidos ahi podras comenzar a hacer amigos

Alejandro Pérez García dijo...

Muchas gracias por tus advertencias y observaciones. Las tendré muy en cuenta. Saludos cordiales.

Alejandro Pérez García dijo...

Muchas gracias por tus advertencias y observaciones. Las tendré muy en cuenta. Saludos cordiales.