jueves, 23 de junio de 2016

BORRADO DEL MAPA

Paisaje borrado del mapa

Aunque joven y con poca experiencia, me ocupaba de la recepción del hotel rural propiedad de la familia.  A media mañana en la radio hablaban del homenaje a Antonio Machado, con motivo del primer centenario de su nacimiento. En eso, se presentó aquel hombre maduro, peinado de peluquería y bien vestido, muy distinto a los pescadores de las aldeas cercanas.
—Buenos días —saludó con una sonrisa—. ¿Tiene usted alguna habitación libre?
—Sí, señor. Hasta el fin de semana, sin problemas. El sábado y el domingo, todo completo.
—Se me ha averiado el coche, espero que lo reparen pronto, pero me quedaré hasta el viernes. Está bien este sitio. Quién sabe, tal vez... —calló sin terminar la frase.
Tomé nota de sus datos personales y subí con él para enseñarle la habitación.
—Aquí no hay caja fuerte, ¿verdad?
—No, señor —contesté—. Podemos guardarle lo que quiera: dinero, joyas, documentos... Es una cortesía incluida en el precio.
—No es necesario. Muchas gracias —concluyó, colocando el equipaje, mientras yo me retiraba.
Parecía un buen tipo aquel hombre, pero me llamó la atención que, con el problema del coche, no tuviera cara de disgusto; ni las manos ni las ropas,  sucias. Tampoco pidió el teléfono para llamar a alguien, que es lo primero que se hace en estos casos. En aquellos tiempos no había móviles. Además, tardaran lo que tardaran en el taller, ¿qué pintaba un hombre solo, cuatro días, en Cabosegar? Entonces, el conjunto urbano cautivaba con su tipismo cántabro, pero en primavera estaba muerto; nada que ver con Villayerma, una ciudad con todos los servicios, a tan solo seis kilómetros tierra adentro. Cualquiera le habría llevado.
Al rato bajó con ropa deportiva, de buena marca, y una mochila de cuero al hombro, abultada y con buenos cierres de seguridad. Se dirigió a mí con afecto:
—Me gustaría dar un paseo, antes del almuerzo, para conocer los alrededores. Indíqueme un itinerario.
Le recomendé una vereda que serpenteaba por los acantilados. Don Manuel Cantollano, que así se llamaba el huésped, disfrutaría de los estruendos espumosos de las olas, al romper en los farallones, y de los aromas embriagadores de oréganos, jaras y melisas hasta llegar a las playas de la bahía.
Antes de salir preguntó por qué había tan poca presencia turística en el pueblo y en la costa próxima. Le indiqué que estaba prohibido construir en una franja de varios kilómetros hacia el interior y en el litoral. Con esas aclaraciones su cara se contrajo para mostrar una mueca de malestar, pero siguió con sus pesquisas.
—Entre otros negocios, comercializo relojes grandes, de esos que se colocan en las fachadas de los ayuntamientos —precisó desde el quicio de la puerta—. Ya que estoy aquí… ¿Dónde puedo ver al alcalde? Aprovecharé para enseñarle un catálogo.
—Pues mire, sí. Buena idea, porque el reloj de la plaza hace tiempo que no funciona.  Le puede encontrar en el puerto, en una cetárea  que tiene allí, es la única que hay.  Es joven para ser alcalde, pero lo es. Dígale que va usted de mi parte.
El forastero agradeció mis explicaciones y se fue. Poco después me relevó un primo, y también me fui.
* * *
Al día siguiente, cuando bajó el señor Cantollano de la habitación, le pregunté por el coche; dijo que, según noticias de la tarde anterior, no se lo podían arreglar. No le vi contrariado. Desayunó, y antes de irse me deseó un buen día. Llevaba vestimenta distinta, y sobre su hombro, no recuerdo si el derecho o el izquierdo, la misma mochila que el día anterior.
Volvió a la hora de comer con el alcalde, el secretario municipal y otro caballero con traje, a quien alguien identificó como delegado de Urbanismo. Me sorprendió que don Manuel llegara sin mochila; muy raro, después de verle siempre con ella.
Disfrutaron hasta chuparse los dedos con nuestro pote marinero. Reían y conversaban con fluidez, como si se conocieran de toda la vida. Yo había entrado por detrás en la bodega, un cuarto contiguo al reservado que ocupaban. Desde la penumbra veía todo a través de la cortina, muy transparente, colgada en la puerta que comunicaba las dos estancias. Sus gestos furtivos y las miradas vigilantes movieron mi curiosidad.
Antes de los postres, se presentaron dos señores con bata blanca en un cochazo a estrenar, de la mejor marca de entonces. Explicaron a don Manuel un par de cosas, él firmó unos papeles y le dieron las llaves: «el coche es suyo», dijeron. Luego le entregaron tres estuches más, iguales, y sendas carpetas. Se me puso el vello de punta, pero mi asombro creció al advertir que el señor Cantollano tomó los otros llavines y fue él quien, en esa ocasión, pronunció lo de «el coche es suyo»,  dirigiéndose al secretario, al alcalde y al delegado territorial.
—Los vehículos, ya matriculados, están a su disposición en el concesionario, ahí tienen ustedes la dirección. He preferido hacerlo así para evitar chismorreos —justificó don Manuel, bajando el tono de voz y mirándoles de reojo.
Consideré lo visto como una perversión. Se lo conté a mi padre con sigilo. Él insistió en que lo mantuviera en secreto, ya que podría causar problemas a aquellos desaprensivos y de paso a nosotros mismos.
Le hice caso, pero eso no me impidió que estuviera atento para ver cómo eran los coches del secretario y del alcalde. Nunca los llevaron al pueblo en el tiempo que siguieron allí. El alcalde, a los pocos meses, con motivo de no sé qué elecciones, dejó la alcaldía y se enchufó en las oficinas del partido. No le volvimos a ver. El secretario también se fue; salía en la tele de cuando en cuando, como miembro de una comisión ejecutiva, de esas raras que había.
*  *  * 
Ya ha transcurrido casi medio siglo, pero aún siento el dolor de tanto escarnio. Los viveros del alcalde y varios cientos de metros arriba y abajo se convirtieron en un embarcadero deportivo, con motoras y yates de lujo. Nuestro entorno cambió los colores naturales por los permanentes grises y negros de hormigones y asfaltos. Cabosegar, el pueblo donde nací, fue borrado del mapa. Quedó bajo la sombra de rascacielos de doce, catorce, diecisiete plantas. Nuestro hotelito, con sus patios y toda la superficie colindante, se convirtió en un complejo turístico monstruoso. Hicieron un nuevo Ayuntamiento. El viejo consistorio, declarado edificio protegido, fue lo único que se libró de la destrucción. Allí sigue, igual, con el reloj parado de siempre.
Entre tanto cemento, se olvidaron de reservar espacios para parques y jardines. Se secaron pozos y humedales, y los ríos quedaron despoblados de truchas y salmones. Todo esquilmado, vacío, lleno de progreso desolador, sin identidad. No quedó ni una parcela sin construir. ¡Nada! Ni siquiera para hacer una cárcel donde merecieron pudrirse el señor Cantollano y sus secuaces. Ellos me sacaron de mi casa con la fuerza del dinero, condenándome a no vivir para, ya viejo, morir sin dignidad.  
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martes, 5 de abril de 2016

AMARILLO, MANTECOSO, SUAVE

El queso estaba de vicio...

Las casas del pueblo de Pepote eran de adobe. Allí creció con sus padres, y jugó en las calles y plazas sin asfaltar, entre gallinas y travesuras infantiles. Cuando terminó la Enseñanza Media, un tío suyo le colocó en un quiosco de la capital. Se matriculó en una academia, en el turno de tarde, y dos años después consiguió un puesto fijo en la Administración.  
Aunque la esponja del tiempo borró muchas imágenes de su memoria, recordaba con viveza los baños en las acequias, la fragancia de la albahaca, la melosidad de las brevas y el escozor de las ortigas.  Aparte de eso, la leche en polvo y  el queso amarillo que daban en la escuela marcaban de forma indeleble sus añoranzas.
A pocos años de la jubilación, Pepote seguía contando que, cuando niño, aquella leche llena de grumos le asqueaba; era tan distinta a la de Lucerita, la vaca del alcalde, que sin saber por qué le hacía pensar en la maestra de las chicas: mayor, fondona, con los pechos hasta la cintura. No, nunca la probó. Sin embargo, repetía hasta ponerse pesado que el queso estaba de vicio. Muy a su pesar, por más que lo intentó, desde que salió de la escuela no lo volvió a probar. Eso sí, cada vez que le venía a la mente paladeaba con fruición, como si lo estuviera comiendo: mantecoso, intenso y suave, compacto pero blando... «¡Riquísimo, riquísimo!», recalcaba con gestos de placer.
          Si bien no se sentía mayor, llevaba una temporada que, según él, «no daba pie con bola». Fue al médico. Después de varias pruebas, le dieron la baja temporal. Libre de obligaciones y quitando importancia a sus desatinos, se dedicó sin descanso a la búsqueda de aquel queso. En cualquier población donde veía una tienda de barrio o un hipermercado, allí preguntaba.
           La respuesta siempre era la misma:
           —No, lo siento. Tenemos quesos de todas las clases, pero ese amarillo y mantecoso ya no se ve. Es muy difícil que lo encuentre.
          Lo más que añadían algunos entendidos era que ese lácteo, elaborado con leche de oveja coloreada con sustancias muy especiales, estaba catalogado como americano.
Con tanto indagar, Pepote acabó haciéndose un experto en quesos. Encontrarlos fue una batalla perdida, pero no se rindió.  Harto de explicaciones y de navegar por las pantallas publicitarias de multitud de proveedores, decidió darse satisfacción con sus propios medios.
«Si aquel requesón ambarino era de oveja, buscaré ovinas donde sea. Yo mismo haré quesos amarillos y mantecosos», se dijo convencido.
Aprovechando que no trabajaba, y a pesar de las rarezas que todos veían en él, se fue a las dehesas próximas. Recorrió prados y collados para tratar con mayorales y pastores. Sin confiar a nadie sus propósitos, compró  una manada de merinas en plena producción, y alquiló para ellas una nave en la zona industrial de la ciudad.
Allí cuidó al rebaño con la esperanza de conseguir leche suficiente para elaborar el queso que conservaba fresco en su imaginación. Con ese fin, todos los días daba a sus animales zanahorias, boniatos, paella con mucho colorante y algún forraje, para almorzar; y botones de margaritas y harina de maíz con salsa de mostaza, para cenar. Además las tiñó, desde el hocico hasta el rabo, con un mejunje que hizo mezclando agua oxigenada y azafrán.
Después de varias semanas, las ovejas perdieron caudal en el ordeño y su leche era tan blanca como el primer día; se quedaron en los huesos, no tenían fuerza ni para levantarse y, por si fuese poco, estaban infectadas de sarna, incluso hubo algunas bajas.
Aunque el aspirante a quesero tardó en reaccionar, acabó llamando al veterinario. Este puso el desastre en manos de la Sociedad Protectora de Animales, que actuó según sus protocolos.  El primero en recibir tratamiento fue Pepote. En la consulta del especialista echó la culpa de su fracaso a las borregas, y así constó en la ficha de ingreso hospitalario. No quiso admitir que fuese consecuencia de su enfermedad, diagnosticada tiempo atrás como «trastornos psicóticos», o algo así, que poco a poco hicieron que su comportamiento fuese cada vez más irracional.  
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sábado, 5 de marzo de 2016

TODO ESTÁ ESCRITO (*)

El castillo que heredaron Alfonso y Cristina

Era la tarde de un jueves de otoño. En el metro de Príncipe Pío, una chica de unos treinta años se dirigió a un hombre, joven también, que bajaba canturreando por las escaleras mecánicas.
—Perdona, ¿sabes dónde tengo que coger la Línea Diez? Voy a Tribunal.  Es que con las obras estoy despistada.
—Es por aquí. Yo voy en la misma dirección, si quieres vamos juntos.
—Vale.
Cuando esperaban en el andén, se miraron con discreción. Ella vestía camisa con el anagrama de una empresa de conservación integral de edificios. Él portaba una bolsa de plástico, transparente, con una paleta, una regla, una plomada y otros útiles de trabajo.     
La chica vio que el joven llevaba en el cuello el trozo de una medalla cortada en quiebros, simulando los picos de una sierra. Parecía una media luna. El corazón empezó a latirle con fuerza. 
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
—Alfonso, ¿y tú?
—Cristina... Oye  —continuó— ¿hace mucho que tienes ese amuleto?
—Sí. Siempre. Me lo pusieron de pequeño y ahí sigue. Mi vieja dice que es bueno que lo lleve. Tonterías suyas, pero en fin...
Llegó el metro que esperaban. Subieron sin muchas apreturas. El vagón estaba casi vacío y se sentaron. 
—Yo tengo un colgante como ese tuyo. ¡Qué casualidad! A mí también me dicen lo mismo, que lo lleve siempre. Míralo. Son iguales. Veamos si casan —dijo la chica desabrochándose la cadena.
—Sí, pero el mío es mate.  El tuyo brilla más y es  más grueso —dijo Alfonso.
—Es que este es una copia. El original lo guarda mi madre.
—Siempre dije que mi amuleto era único, pero mira... Mi vieja siempre está con lo mismo: «lo que falta debe estar en alguna parte» —admitió el chico.
—Mi madre piensa igual. No sé tú, pero yo veo  esto con un cierto aire de misterio, y ahora parece que  se pone interesante  —sentenció Cristina.
—¡Bah! Ñoñeces.  ¿Nunca te han contado cómo llegó a tu poder esa media cosa?
—No. Solo que fue de un antepasado, y que gracias a esto mi vida podría cambiar muchísimo, pero nunca me dicen cómo ni para qué. Buena faltita me hace un cambio, a ver si salgo de la miseria —añadió la chica.
—¡Ah! Pues eso puede tener relación con una charla que oí a mi vieja, hace un par de años. No presté ninguna atención, pero decía a alguien no sé qué de unos papeles y que sería buenísimo que apareciera ya la otra mitad. 
—Si es así de interesante, no entiendo por qué no nos explican todo claramente, ni por qué las madres no se han buscado antes para completar el talismán. Algo tendrán en común —sospechaba Cristina.
—No lo sé. Cuando alguna vez pregunto a la mía, acaba diciéndome que todo está escrito, lo bueno y lo malo; pero eso lo dice siempre que nace uno, muere otro, o toca la lotería a alguien. Tenemos que seguir investigando, si tú no tienes inconveniente.
—Estoy de acuerdo —respondió ella—. Lo primero que tenemos que hacer es recurrir a las madres, que la mía saque el original, luego cotejaremos el mío con el tuyo, y  que nos aclaren este enredo.
No hablaron de otra cosa en el trayecto a Tribunal. Se despidieron y prometieron llamarse cuanto antes para informarse de sus indagaciones.
Los dos contaron en sus casas lo sucedido, y al día siguiente hablaron a la hora del desayuno. Coincidieron en que las madres estaban inquietas. Quedaron en verse los cuatro esa misma tarde, sobre las cinco,  en la Cafetería Merimar, cerca del metro de Argüelles.
Cuando ya estaban los dos jóvenes con las madres en el lugar de la cita, pidieron cafés e infusiones. Sin mucho discurso, la madre de Cristina sacó de un cofrecito el trozo original  que siempre guardó celosamente. Lo unieron a la parte que tenía el chico, y vieron cómo los dos ensamblaban perfectamente.
—Entonces, el ministro y tú... —dijo la madre de Alfonso, dirigiéndose a la de Cristina.
—Pues sí. Igual que tú y el ministro —espetó la madre de la chica, comprobando que los respectivos hijos tenían un lunar en la barbilla.
—Si no os importa, vais a contarnos vuestro secreto. Ahora aparece un ministro del que no sabíamos nada. Empezad por el principio, sin dejaros nada, por favor —pidió Cristina, con firmeza.
—Creo que está todo aclarado, no hay más que hablar. Tampoco sabemos mucho. De lo que sí estamos seguras es de que solo sois dos. Con esta prueba  ya podemos ir  al  notario. Así que, si estáis de acuerdo, ahora mismo...  —la madre del chico fue interrumpida.
—¿Qué vamos a hacer allí? —preguntó la chica.
—Todo está escrito —dijo la madre de Alfonso, y asintió la otra.
El notario los estaba esperando. Le habían llamado las madres antes de salir de casa, por separado, anunciando su posible visita.
—Bueno. Veamos. Siéntense —indicó el notario, que seguidamente cogió las dos piezas que le entregaron. Las miró minuciosamente por las dos caras, con una gran lupa, y comprobó la especificación de algunos troqueles en sus documentos—. Esto encaja. Falta que los peritos lo confirmen, pero eso no será óbice para que yo lea lo que les interesa saber —dijo el fedatario sacando un cuadernillo de folios timbrados.
—Señor notario, es mejor que nos explique con claridad lo que pone en esos papeles. Así no tendrá que leer tanto y acabaremos antes —sugirió Alfonso, un poco asustado con tanta escritura.
—Está bien. Yo se lo explico. El Duque de Valdecollados, propietario de fincas y empresas, falleció hace veintiocho años. Solo tuvo un hijo, don Amadeo Collado Deza. Este, en opinión del finado, cometió pecados tan graves como, con perdón de las damas, dejarse llevar por amoríos pecaminosos, despreocuparse del ducado, practicar corruptelas desenfrenadas y flirtear con la política. Llegó a ministro, como ustedes sabrán, y falleció hace dos años y tres meses. Su señor padre le desheredó y donó todos sus bienes, salvando los legítimos estrictos, a sus nietos;  considerando como tales a aquellos que le fueron presentados a poco de nacer, que no estaban legalmente reconocidos ni, por tanto, constaban en los anales dinásticos. El señor Duque entregó a las respectivas madres porciones de una medalla, las que ustedes me presentan, cuyas características él dejó bien definidas. Firmó que los portadores de dichas credenciales serían los destinatarios de títulos y patrimonios; ahora bastante mermados, por cierto, y carentes de liquidez. Además de lo dicho, el Duque estableció condiciones excluyentes que dicen textualmente: «Los herederos no tendrán derecho a la propiedad hasta el fallecimiento del padre, don Amadeo Collado, y llegado ese momento no podrán enajenar ni segregar el conjunto de la herencia. Este legado quedará desierto si se probara que una de las partes beneficiarias hubiese buscado a la otra valiéndose de anuncios públicos o de cualquier medio de comunicación».
—Y ¿eso por qué? —quiso saber la futura duquesa.
—Pues eso no está escrito, pero hay que interpretar que el señor Duque pretendía que sus nietos se unieran por razones de afectividad, o mera coincidencia, como es el caso, pero nunca por intereses económicos. Las madres de ustedes lo sabían y respetaron tal voluntad.
Satisfecha la curiosidad de la chica continuó el notario, sonriente, mirando por encima de las gafas a sus interlocutores:
—Es un testamento muy peculiar, su clausulado llama la atención, pero eso, más o menos, es lo que dice. Así pues, tan pronto tenga las pruebas de autenticidad oficial y se emitan los edictos pertinentes,  ustedes, distinguidos Alfonso y Cristina, serán de pleno derecho los Duques de Valdecollados, ex aequo  —concluyó el notario.
—Pero oiga, que nosotros no tenemos dinero, ni cultura. ¡Nada! Yo currelo en la construcción y ella es limpiadora de locales y edificios... —aclaró el chico con tono preocupado.
—De lo que ustedes sean o hayan dejado de ser, aquí no dice nada. Así pues mantengo lo dicho —confirmó el notario recogiendo sus papeles.
Los jóvenes salieron de la notaría aturdidos, sin saber qué pensar de todo aquello. Tampoco sabían muy bien qué era un ducado, ni qué podían hacer ellos con semejante suerte.
Poco después, Alfonso se empleaba en el adecentamiento exterior del castillo ducal y sus anexos. Al mismo tiempo Cristina sacudía telarañas, sacaba brillo a los suelos nobles, enceraba los pasamanos de las barandillas y quitaba el polvo de las lámparas.  No sabían que aquellas propiedades, teniendo ya dueños ciertos, iban a ser embargadas si no se liquidaban los impuestos en mora: sobre ellas pesaba una carga por el impago de los arbitrios municipales y fiscales de muchos años.

(*) De la colección inédita Cuentos artesanos
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jueves, 15 de enero de 2015

LOS DOS PADRES

Cuando yo era chico, si me constipaba, mi madre me atizaba un vaso de leche caliente bien cargado de coñac. Al rato desaparecía la tos y dormía como un cesto.  Si me veía desmejorado, no había problema: ella, toda amorosa, seguía al pie de la palabra la recomendación de don Fidelio, el médico: “Hágale al chico un ponche, le vendrá bien”. Dicho y hecho: dos huevos batidos con vino dulce, o quina de cualquier santo,  y el chico, que era yo, se ponía guapísimo y dicharachero.
Si me ponía afónico, igual: gárgaras con aguardiente, y la voz como un tenor. Aquello de las gárgaras tenía su intríngulis, pero tampoco estaba mal. Me ponía delante del espejo para coger el ritmo, y luego, fortalecido el gaznate, me tragaba el fuego y entraba en calor. Con todo aquello me atolondraba un poco, pero después del tratamiento se me pasaba. Cuando no tenía nada, echaba de menos algún dolor de aquellos.
“Por San Andrés —decíamos—, el mosto vino es”. Era época de trasiego. En casi todas las casas había bodega, y al salir de la escuela en cualquiera nos mojaban un mendrugo de pan. Si la sopa se calaba demasiado, o repetíamos, cuando llegaba a casa me decía mi padre “Hay que ver, cada día vienes más torpe de la escuela”.
Aquello de los tintos y los orujos no tenía más consecuencias, y nos lo daban así, como golosina o medicamento, sin necesidad de receta. Por eso, cuando me hice grande y salía de marcha, me daba mucha rabia que me repitieran siempre aquello de “Cuidadito con beber, a ver si te vas a emborrachar”. Incomprensible. ¿Si las bebidas eran tan malas, por qué me las dieron de pequeño para curarme? Me encorajinaban aquellas contradicciones. No lo entendía. Con el tiempo, ya mozalbete, descubrí la verdad.
Una noche fría, próxima a Nochebuena,  llegué a casa a eso de las dos o las tres de la madrugada, cuando nos echaron los serenos de la plaza, después de haber cargado en todos los bares del pueblo. Mis padres ya estaban bien acostados. Mi padre, aún despierto, me mandó que le llevara el botijo a la cama. “Anda que estará buena el agua”, me dije. Se movía todo. Sujeté la cantarera, cogí la vasija con mucho cuidado, y con mucho cuidado para que él me viera normal, crucé la sala haciendo equilibrios. Entré en la alcoba y... ¡qué susto! Vi la cama a la derecha; siempre había estado a la izquierda, según se entra. A pesar del sobresalto, y según estaba yo, no lo di mucha importancia. Pensé que la habrían cambiado cuando enjalbegaron la última vez, o que la frialdad del botijo hace que de noche las cosas se vean de otra manera.
—¿Me vas a dar el jodío botijo o no? —me preguntó con voz recia.
—Sí, padre, ya voy —contesté con mucha cautela, casi con temor, mirando a un sitio y a otro, sin saber muy bien dónde ir.
—Pero quieres dejar de mirarte lo guapo que eres. ¡Vaya horas de presumir! Dame ya el agua, hombre. Como se despierte tu madre, la vamos a tener —refunfuñó tragándose las palabras.
—Sí, padre, tenga —dije, yendo derecho hacia él.
Bueno, creo que no acabé de decirlo. En ese momento dejé de ver a mi padre y oí un estruendo de cristales rotos que se me cayeron encima, a la vez que el botijo se hizo añicos, convirtiendo todo en un mar de espejos llenos de confusión.
Creo que fue en ese momento cuando perdí el poco conocimiento que se tiene a esas horas. Vomité todo, desde el primer enjuague hasta el último cubata. De eso me enteré al día siguiente, cuando desperté con la boca seca y mucho dolor de estómago. Todo daba vueltas. Mi madre se asustó mucho. Mi padre no dejaba de sermonear: “Que los hombres tienen que saber beber, que la cabeza está para algo…”. Buena tenía yo mi cabeza. Luego empecé a comprender, pero poco. Bastante era digerir el empacho de los dos padres que vi la noche anterior: uno acostado normal, a la izquierda, con mi madre, como siempre; y otro zurdo, el que estaba a la derecha, mirándome, según descubrí después, desde la luna del armario, que luego desapareció.
Aquello no tuvo nada que ver con los efectos secundarios de los remedios caseros de la infancia. Nunca olvidaré la curda de marras. Ya han pasado muchos años, y cada vez que me pongo frente a un espejo, el del otro lado no quiere ni verme. Y eso que, desde aquel día, el alcohol, ni olerlo. Sólo alguna copeja cuando tengo anginas o carraspera, o si hay que brindar.
oooOOOooo 


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martes, 17 de junio de 2014

LOCO POR LEER

Nada que ver con la fauna humana, materialista y represiva.



Moncho tenía una afición desmedida por la lectura. Al menos esa era la opinión de sus padres. Estos, inmersos en una vida social muy activa, preferían que su hijo se relacionara con amigos y jugara con ellos al fútbol, a las canicas o a otros juegos de su edad. Pero no, Moncho siempre estaba leyendo, siempre con su libro a la sombra de la acacia. Él decía que allí estaba escrita la historia de la vida, y que debajo del árbol veía personajes mágicos, exclusivos de su imaginación. 
           Los padres no entendían aquello tan irreal y, preocupados, sometieron al niño a presiones para que dejara de leer, o lo hiciera con moderación. Le privaron de la paga de los domingos y del bizcocho de zanahoria, que tanto le gustaba, y decidieron no comprarle más libros. Eso no dio ningún resultado: por la mañana y por la tarde, con frío o calor, el niño leía sentado en el arriate de aquel arbusto leguminoso, tan simbólico.
Ante la obstinación de Moncho, los padres cortaron los árboles que había alrededor de la casa y quemaron, mientras dormía, su libro preferido. El chico se quedó sin lectura y sin sombras. Aquello le trastornó: no quería hablar con nadie y perdió el apetito, pero nunca el deseo de disfrutar con sus fantasías literarias.  
Cada mañana se sentaba en el tocón de la acacia, cogía cualquier periódico o revista y, con los ojos cerrados, simulaba deleitarse con el contenido de un texto bien distinto al que tenía en frente. Reviviendo los conflictos y sensaciones de sus héroes, ponía cara de pelea, olía como si estuviese en medio de una inmensa rosaleda y hacía cariñosas muecas, como si acariciara a distintos animales, o algo así.
Una tarde, a primera hora, cuando el muchacho estaba abstraído, con la mirada puesta en su recreación interior, se le acercó la madre con cara de pesar, tras dejar por un momento la fiesta en honor a un grupo de amigos distinguidos y sus familias.
—¿Por qué haces como que lees, si tienes los ojos cerrados? ¿No sería mejor que vinieras a la piscina con los otros niños? Hace mucho calor. ¡Anda, cariño, ven! —dijo acariciándole las mejillas, con ese mimo de madre que a veces todo lo puede. 
—Cierro los ojos para ver con claridad las aventuras escritas en mi libro. ¡Lo quemasteis!, pero lo conservo en mi memoria. Hablo con los personajes. Esos niños de ahí no están en la trama. Talasteis la arboleda del jardín, pero no me importa; ahora crece en mí la vegetación que quiero.
—Hijo, tú no estás bien. Tenemos que llevarte al médico.
—No, mamá. ¡Vosotros estáis mal! Siempre tan ocupados en vuestras cosas, nunca os interesaron mis gustos. Ni siquiera supisteis que mi libro es «El libro de la selva». Con vosotros tan lejos y tan en contra, cuando Shere Khan salió del bosque, en lugar de raptarme, me cautivó. Ahora, ese tigre y yo somos amigos.
—No te entiendo, hijo —exclamó la madre sollozando.
—Está claro. Ya no estoy solo, ahora vivo con los lobos en su cueva. Y aunque Raksha se meta conmigo y me llame Mowgli, seguiré leyendo todos los días. Ellos sí que me entienden. Estoy encantado de ser uno más en esa jungla fascinante. No tiene nada que ver con la fauna humana, tan antinatural, tan materialista y tan represiva —dijo el chico  convencido, con el léxico que le caracterizaba,  propio de quien lee mucho.
La madre no dijo nada. Se fue al lado del padre y los dos, apartados, lloraron en silencio la locura y el aislamiento de su hijo.
Moncho siguió en su mundo. Hizo como si pasara otra página del libro. Luego, satisfecho, aulló como una fiera inocente, en medio de aquella fronda de robinias, tocadas con racimos blancos, de olor meloso, atrayente. 

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 alejandro2153@hotmail.com

domingo, 22 de septiembre de 2013

LA ENVIDIA DEL VALLE

Los patos, los chicos y los grandes, gozaban tanto...

 
La pareja de patos se sintió feliz cuando supo que iba a cambiar de casa. Nunca tuvieron residencia con una piscina así de chula ni una chimenea tan acogedora, donde pasarían las veladas del invierno jugando al parchís (de oca a oca...). Era un caserón con jardín y todo, pero muy viejo. La campana de la chimenea, que era de madera, estaba podrida y amenazaba con hundirse en cualquier momento. Ellos la arreglarían, tenían tiempo.  

            El pato y la pata no estaban casados, pero para festejar aquella herencia  unieron sus picos y se zambulleron en la piscina. Interpretaron bajo el agua el segundo acto de El Lago de los cisnes.  Repitieron varias veces hasta que se cansaron. Luego, después de secarse en la chimenea, se quisieron un poco más. Sus buches azulones, prominentes,  quedaron bien reconfortados con una cena suculenta: revuelto de salvados con berros y sorgo, y, después, yeros y maíz pochada. Nada de naranjas ni foie-gras ni tomillos salseros. Tomaron vino de La cepa alta y brindaron con orujo de frambuesas. Estaban enamorados, eufóricos. 

         A la primavera siguiente, el pato y la pata ya eran una pareja sin desecho. Se paseaban por toda la propiedad con balanceos majestuosos, como péndulos de relojes caros, seguidos de una pandilla numerosa de patitos bullangueros.

Aquella manada era la envidia del valle. La piscina y la chimenea estaban muy orgullosas. Eran capaces hasta de hablar con tal de  que sus patos vivieran felices. La chimenea calentaba el agua en invierno; y  la piscina, presta a mitigar cualquier sopor,  se solazaba para que los patitos nadaran alegres y vieran en el espejo de sus aguas el paisaje que dibujaban las nubes errantes.

Los patos, los chicos y los grandes, gozaban tanto con los baños y los juegos alrededor del hogaril, que se olvidaron de los arreglos de la desvencijada casona. Tampoco volvieron a pensar en los mataderos de aves ni en las fábricas de confit, que los padres tanto temían.

La familia se reunía con frecuencia alrededor de la lumbre, con leña de pino y fragancia de romero. Una tarde, cuando el pato padre leía a sus pollos el Patito feo y otros cuentos, sonó un chasquido sobre sus cabezas. Todos miraron hacia arriba y vieron que las tablas de la campana empezaban a arder. Salieron corriendo, despavoridos. La pata madre recapacitó en su huída y volvió para coger los huevos que estaba incubando, y el padre hizo lo mismo para sacar los comederos con la cena. A pesar de las precauciones, no imaginaban lo que podía pasar.

Los padres, empatados de temor, se ahuecaron las plumas y respiraron satisfechos al ver que toda la familia estaba en el jardín. Algunos pequeños tenían el plumaje encenizado. Muertos de miedo, abrazados unos a otros, presenciaron el doloroso espectáculo protagonizado por las llamas, cada vez más altas y furiosas, que salían por el tejado y las ventanas del edificio.

La piscina no soportaba ver a los patos, rotos de dolor, iluminados por aquel resplandor espantoso, inmisericorde.  Así, empezó a mecerse y a remover el agua, como quien agita un recipiente para arrojarlo lejos, con fuerza.   Los patos se percataron pronto de las intenciones de la piscina. Ellos no podían hacer nada, pero movían sus alas impacientes, como intentando sumar energías para que la piscina lograra sus propósitos.

La casa seguía ardiendo. El agua se centrifugaba cada vez con más ímpetu. El trozo de tejado donde descansaba la chimenea estaba cediendo, a punto de caer. Los patos chicos se  acurrucaban al abrigo de los grandes. El agua del estanque rugía enfebrecido, volteado por los movimientos eficaces de los muros y el suelo de gres. Con brusquedad emergente y rugidos volcánicos, la piscina lanzó su contenido sobre el fuego de la casa.  Los patos vieron con asombro y agrado a la vez cómo se extinguía el incendio.

La piscina quedó destrozada.  La casa no resistió la furia del chaparrón y, después de un estruendo ensordecedor, quedó convertida en un montón de escombros humeantes.

Los patos, desamparados, sin casa ni piscina ni chimenea, deambularon por la intemperie del jardín, ajenos a los peligros de la calle.

Pocos días después del siniestro, una mañana lluviosa, cuando buscaban lombrices y otros insectos bajo las ruinas, fueron sorprendidos por unos hombres vestidos de azul que bajaron de un furgón blanco, rotulado con el nombre y la dirección de una cooperativa de patés, foie-gras, escabeches y otras conservas.    
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martes, 30 de octubre de 2012

ESPERANZAS ROTAS

Quizá ella, enferma de amor como él, acunara sus ansias.

Antonio se entretuvo en el parque cuando salió de la oficina. Era viernes. En casa le esperaba Berta, que a esas horas, como todos los fines de semana, estaría riñendo con los chicos. Le apenaba verla así, pero él nunca dejó de soñar con su amor secreto, al otro lado de las apariencias.

Por la noche televisaban su serie favorita; hasta entonces, sin prisa. Acomodado en el banco de siempre, respiró hondo, se aflojó el nudo de la corbata y recordó los ojazos negros de Dóroty, sus trenzas largas, su voz, su perfume. Estudiaba segundo de bachiller cuando ella repetía tercero. Antonio fue llenando su vida de gozos y tristezas, preso de miradas hechiceras, de una vestimenta sugerente y de un tacto prieto y sedoso. Así la añoraba.

Observando las parejas que pasaban a su lado, sintió la amargura de la última fiesta en el instituto. Bailaban agarrados; la respiración excitante de la chica acariciaba su cuello. Llegó Ernesto, engreído, con su cara de desprecio. A Dóroty se le aceleró el corazón. Al primer guiño, se fue con él sin decir adiós. Como otras veces, Antonio deseó el mejor veneno. No soportaba que nadie se llevara lo que creía suyo. Solo le quedaba consolarse entreteniendo a su pretendida, que pronto lloraría la espantada irreverente de Ernes.

Sin salir del parque, Antonio retrocedió a su época de universitario, al guateque navideño donde conoció a Berta. Empezaron a salir, y pronto perdió el sentido y hasta el apetito. Un anochecer de primavera, sentados allí mismo, donde él estaba, casi sin pensarlo y con voz turbia, le propuso matrimonio. Ella dijo que sí. Se besaron con los ojos cerrados. Vieron los caminos del futuro.

Después de aquello, él pensó que su amor de juventud acabaría pronto en el olvido. No fue así.

Arrullado por una brisa de aromas silvestres, Antonio vio que, atraído en todo por la madre de sus hijos, Dóroty iba siempre esculpida en su mente. Era un sentimiento de regocijo y disgusto a la vez. La llamaba por su cumpleaños, en Navidades, en verano... La muchacha de las trenzas largas, ya cortas y canosas, siempre le daba la misma respuesta.

Aquel viernes, plegando el sol las cortinas de la tarde, se acordó de ella con la pasión de siempre. “Lo intentaré otra vez”, pensó decidido.

Sacó el móvil. Azorado, marcó el número esperando que, enferma de amor como él, acunara sus ansias. Seguía dispuesto a una doble vida, aunque tuviera que morir dos veces.

Dóroty, después de escuchar lo que Antonio le dijo con argumentos dulces e irresistibles, como en ocasiones anteriores, respondió segura.

—No me explico tan bien como tú. Lo sabes. También sabes que por más que pase el tiempo seguiré esperando. Quizá algún día Ernes, harto de ir y venir, quiera quedarse. Tú me entiendes.

Antonio, con la esperanza llena de rotos, se fue a casa. Ya era de noche. Mientras caminaba, con cara de perro abandonado, soportó los dolores del rechazo con más pesar que nunca.

Berta le recibió con cariño, pero reivindicativa, deseosa de compartir enfados e inquietudes.

—¡Estoy harta! La niña se va con el novio el fin de semana. El otro dice que no viene a cenar. Tú te presentas a estas horas. ¡Qué horas!, Antonio. Y yo aquí.

Sin ánimo para pretextos, se inundó de ternura, atrapado por la mirada de la esposa, que le rodeó con sus brazos para darle dos cálidos besos. Sintió vergüenza y se consideró indigno de tal afecto.

Después de una cena silenciosa se sentaron en el sofá, que, gastado por los años, conservaba aún el confort original. Él cogió el mando a distancia, roto, recompuesto con papel de celo, y seleccionó el programa que tanto apasionaba a Berta, que nunca veía por complacer a los demás.

—¡Pero bueno! ¿Por qué pones hoy mi reality? —preguntó sorprendida.

Antonio la miró de reojo, lo justo para sentirla cerca. Después, cogiéndole las manos, respondió como si fuese otro.

—Después de tanto tiempo, me he cansado de esa seríe que seguía. Es como un camino sin fin, que nunca llega al desenlace esperado.
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