jueves, 23 de diciembre de 2010

EL PREMIO

Aquella mañana de Nochebuena dejó el mejor  regalo, el premio.

Francisco Matilla y Luis Balín no se separaban cuando eran chicos. Crecieron juntos y se enamoraron de dos hermanas. Luis acabó casándose. Francisco rompió un año después, dejando a todos muy sorprendidos. El padre de la novia, a pesar de los años transcurridos, lo recordaba con frecuencia, no sólo porque tuviera en casa una soltera para toda la vida.

—¡Canalla! Dejarla plantada, con todo puesto, sólo porque salió sin él en Nochevieja. Tuve que pagar todos los gastos. ¡Una ruina! Como lo vea, le arranco el escroto de cuajo —solía decir con los ojos encendidos, los tendones del cuello como cabos veleros y las venas de la frente a punto de reventar.

Luis también lo sintió, pero más por Paquito. Se querían como hermanos. Jamás habrían imaginado que su amistad acabara así. Después de la ruptura se llamaron alguna vez, pero la familia lo reprobaba. La discreción, obligada, prolongó el silencio. Sin embargo, Luis añoraba a su amigo del alma. Con más fuerza cuando supo, en aquellos días previos a la Navidad, que el apellido Balín estaba en la lista de nominados, y más, mucho más, tras conocer el fallo del jurado.

—Quiero compartir esto con Paco y recuperar nuestra amistad, pese a quien pese. He de contactar con él cuanto antes, como sea. Resucitaremos nuestro grito de guerra: “Los dos como uno, ¡somos cojonudos!” —se dijo Luis por la tarde, en la sala de grabación, horas después de recibir la noticia que le hizo tan feliz.

La misma alegría le aportaba la posibilidad de recordar juntos los novillos que hacían en el colegio, el humo mareante y pastoso de aquel “bisonte” que quitaron al maestro, y los bailes del verano, con música imaginada, en el estanque seco del parque. De su adolescencia recordarían los guateques, las caminatas y los calores y los fríos de los días sin dinero.

El dichoso acontecimiento y el deseo de rememorar tantas y tan extraordinarias vivencias merecían el esfuerzo de Luis. No sería difícil encontrar a Francisco. Se lo imaginó dando clases en el instituto de siempre, en Collado de Tajo. Pensó que podría escribirle una carta. Antes lo hacían. “Querido Paquito, o Pacucho, me alegraré saber que...”. Otra opción era enviarle una invitación formal, de las que había hecho la Asociación.

—Pero es que, así de sopetón, después de tanto tiempo... ¡Tiene narices la cosa! Algo que parece tan fácil, me resulta imposible. Y luego está el abuelo. Si sospecha que después de lo que pasó quiero verle, nos capa a los dos —se dijo Luis al día siguiente, obsesionado, sin dormir, con la vista perdida en la cocina y el estómago cerrado, después de varios días sin comer.

Era una ocasión muy oportuna para el reencuentro. Luis lo sabía. Disimuló con el portátil hasta que se quedó sólo en casa. Buscó el teléfono en las Páginas Blancas. ¡Aquí está! Su corazón latía con fuerza y la boca se le quedó seca. Sentía deseos, más irrefrenables que nunca, de contar a Francisco lo de su premio e invitarle al acto de entrega. Cogió el teléfono y fue cantando los números según los marcaba.

—A ver, 93.25.22... No, no, no —desconectó el aparato antes de terminar—. Hay que ver la cantidad de marrones que me he comido y las entrevistas que he hecho a políticos y chorizos, y ahora no me atrevo a hablar con un amigo de toda la vida. Él ya lo habría hecho. ¡Ya lo habría hecho! ¿Qué coño me está pasando? —se preguntó, observando sus manos temblorosas.

Aquello le sobrepasaba. Nada le parecía bien para acabar con aquel comecome que le había quitado el sueño y el hambre. Buscando un poco de sosiego y aprovechando el ambiente festivo de la víspera de Nochebuena, fue al café donde se reunían los compañeros. Allí, con la cervecita: que si el fútbol, el petróleo, los enviados a Irán, jijijí-jajajá... Así estuvo hasta después del medio día. Cada cual tendría lo suyo; él seguía con su angustia.

Cuando salió del bar, ya en el autobús, se convenció de que no podía seguir con aquella zozobra, sin comer ni dormir, y que, pasara lo que pasara, llamaría a Francisco en cuanto llegara a casa. Eso sería lo primero. Intentó reafirmar su decisión por el camino.

Nada más entrar, abriendo la puerta del comedor, donde esperaban los chicos el almuerzo, sonó el teléfono.

—Papá, es para ti —anunció la niña pequeña.

Luis fue a su despacho para atender la llamada con más tranquilidad. En aquellos días le llamaba mucha gente para felicitarle por lo estupendo que era.

—¡Dígame!

—No, no oigo bien. ¿Cómo dice? —Luis cerró la puerta y pulsó la tecla azul para hablar con las manos libres.

—Que los dos como uno, ¡somos coj...

—¡Pacucho! Pero ¿tú? —exclamó Luis antes de que Francisco terminara la frase favorita.

—Sí, yo. ¿Qué pasa? ¿Es que no puedo felicitar al mejor corresponsal por ese premio de la Asociación Nacional de Prensa?

—Tú si que eres un premio, el mejor regalo de Reyes y Papá Noel juntos. ¿Cómo te has enterado?

—Ya lo ves. Los periodistas, que sois unos chivatos.

Luego el altavoz del teléfono enmudeció. Los dos amigos rompieron sin recato el silencio que durante tanto tiempo habían sufrido. Desde fuera sólo se oía un monólogo de risas y frases sueltas llenas de emoción y alegría.

Aquel día, Luis tampoco comió.
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sábado, 30 de octubre de 2010

CONDENADA A MORIR

Lo mejor para Zacarías, los besos y el cariño de Glori. 

Cuarenta años después, Zacarías pasó por Madrid. La corrala donde nació se había convertido en un edificio de apartamentos, y la comisaría de toda la vida, en un restaurante chino. Allí se le soltaban las tripas en los interrogatorios. Luego quedaba en libertad gracias a Bartolomé, un ordenanza amigo suyo, que le regañaba porque siempre llevaba los bolsillos vacíos. Recordando aquello, siguió su paseo.

Dos calles más arriba, “La tartana”, la única taberna que quedaba con frascas y mesas de mármol. Entró. No pidió nada. “El que no lleva dinero, no lo gasta”, solía decir. En la barra conoció a Carmelo, un cliente de su edad que bebía vino en vaso de caña; no era natural de Lavapies, pero conocía bien a los vecinos. Zacarías, por trabar conversación, le dijo que, cuando el hambre, emigró a Ámsterdam. No contó más. Enseguida preguntó por su amigo.

—¡Uy Bartolo! Hace años que murió. Empezó con vómitos y, en un mes, al campo de los buenos. Un cáncer de esos que andan ahora. Lo peor...

—¿Qué es de su familia? —interrumpió el forastero.

—La mujer también se fue joven, antes que él. ¡En paz estén los dos! Su única hija vive ahí, en la calle Esperanza. Lo peor, le decía, es la nieta, la Glori, una chavalona con cara de ángel, llena de risa, con sólo catorce años...

—¿Qué le pasa?

—Lo mismito que al abuelo. Hace falta un milagro o esos remedios que cuentan de Francia, pero ¡anda que no costarán! Estos infelices no pueden.

Zacarías, oyendo a Carmelo, sintió como un puñetazo en el estómago y la hiel en la boca.

Esa misma tarde fue a ver a la enferma. La casa estaba llena de visitas. Algunos mayores le reconocieron, otros sabían de él solo por oídas. Le trataron como de la familia. Sintió repelús al ver a la niña: los ojos hundidos y la piel pegada a los huesos; estaba muy pálida y respiraba con dificultad.

—Ya la ve, deshecha por la calentura y cada día más flaca —le explicó la madre, aparte, consumida por la pena.

A Zacarías le temblaban las piernas, y disimuló los escalofríos producidos por el sudor, que inundaba su cuerpo. En el hall, rememoró con los padres el pasado, y juntos lloraron el presente. Sin habla, se despidió con un gesto. Olía a váter y a la naftalina de la ropa negra que se ventilaba en la sala.

“No puede ser, ¡no puede ser! El abuelo de esta muchachita me libró de muchas palizas”, afirmaba Zacarías, con hipo lloroso, llegando al Portillo de Embajadores, sin saber por dónde iba.

El estraperlista, así le llamaban antes de irse al extranjero, no dejó Madrid tan pronto como pensaba. Buscó un alojamiento y se puso en contacto con médicos y profesores de Medicina. Le dijeron que sí, que en Paris había medios para curar a Glori; hasta le sumaron lo que costaría el tratamiento. ¡Muchísimo dinero! Habló con algunas familias acomodadas, con los curas de varias parroquias, con las monjas, con el obispado... Nada. “Esta criatura está condenada a morir. Yo podría... No. No voy a desparramar mi capital después de tantas tropelías para juntarlo. De eso nada. Además, no tengo a nadie en el mundo. Hoy, no; pero mañana será poco todo lo que tengo“, decía convencido; y al rato, se lamentaba: “¿Permitir esta desgracia? ¿Por qué la gente de bienes no acaba con el mal? No, no, y no. ¡No puede ser! ¿Qué diría el abuelo?”.

Pensando en Bartolomé, estuvo tres días sin comer y dos noches insomne. Sin saber ya a quién recurrir y aplastado por la conciencia, decidió vender el caserío de Asturias, el chalet de Tarifa y las participaciones bursátiles de Holanda. Era la fortuna que hizo trapicheando con diamantes en el mercado negro, bien escondida detrás de una vestimenta herida y la dentadura escasa. “Habrá suficiente”, se dijo con pesar, con mucho pesar.

Expresadas sus intenciones, quienes le conocían no le creyeron. Por eso firmó ante notario que todos los gastos de la operación quedaban garantizados con su patrimonio. “¿Habré perdido el juicio? Esto es como quedarme sin gota de sangre, como si no fuese nadie”, dijo sin color, helado, cuando rubricó los papeles.

Glori y su madre viajaron a Francia en un vagón medicalizado. Los médicos estaban esperando. La chica permaneció en la clínica veinte días, acompañada de la madre. No les faltó de nada.

Todo salió bien. Pocos meses después la niña corría por las calles del viejo Madrid como si nada le hubiese ocurrido.

Zacarías, cuando vio aquello resuelto, arregló sus cosas; pocas, porque se quedó sin todo. Con la ayuda de Cáritas comía en un centro social y pagaba un cuartucho en la Calle Salvador. Lo mejor, esperar a Glori cuando iba y venía del colegio. En esos encuentros breves, en que la chica siempre le regalaba dos besos, él festejaba la vida, vacía de riquezas, pero pletórica, gracias a los lujos de su nada.
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martes, 14 de septiembre de 2010

UNA AVERIA


Quizá las mujeres no se fijaban tanto en él. O sí. ¿Quién sabe? Fuera como fuese, ella no soportaba las miradas que las amigas echaban a su marido. Convencidos los dos de que las desavenencias no les seguirían, gastaron parte de sus ahorros en reparar el viejo utilitario y se fueron a vivir lejos.

Según iban conociendo a los nuevos vecinos y compañeros de trabajo, Sonia martirizaba cada vez más al joven esposo con sus interrogatorios. Así un día y otro. Las dudas y los reproches eran cada vez más intensos e insoportables. Igual que antes.

Miguel Ángel, harto de lo mismo, decidió irse mil kilómetros más allá, pero solo. No podía más. Cogió una pequeña maleta, una mochila y un paquete de libros.

A media noche bajó al garaje, cargó sus cosas, se sentó al volante y metió la llave en el “cláuxor”, la giró una vez, otra, y otra y muchas más... El coche no arrancó.
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jueves, 19 de agosto de 2010

OTRA MIRADA

Empezó a verse un horizonte despejado, más amoroso y agradable

El desconocido estaba detrás de la Colegiata, frente a la sucursal de una Caja de Ahorros, en el interior de un Fiat viejo, tan sucio, que casi no se distinguía la matrícula ni el color de la pintura. Su apariencia, maloliente y desastrada, era impropia de un joven como él. ¿A quién importaba eso? No tardaría nada. Él sabía.

El agente que patrullaba, sorprendido, se dirigió a él con intención de amonestar.

—Lo que está haciendo es una tontería, amigo. ¿Para qué quiere usted eso?

“Si tú supieras, so tarugo, las tonterías que yo he firmao con esta recortá” —pensó antes de responder, un poco desconcertado por la inesperada visita.

—Sólo la llevo por si acaso. No está cargá.

—Salvo algún maleante que nos visita de tarde en tarde, aquí la ciudadanía es gente de bien. ¿Tiene usted licencia de armas?

—No la necesito. Nunca la he usao. Ya se lo he dicho, sólo la llevo por si acaso.

El policía, por las sospechas que le surgieron, y sobre todo ante el descubrimiento de un arma sin permisos, tuvo que cumplir con su obligación.

—Tiene que acompañarme a la Comisaría. Si descubrimos que ha cometido usted cualquier delito, con arma o sin ella, le aconsejo que se encomiende a Dios, porque va a necesitar mucha ayuda, y de la buena —dijo el policía, subiéndose la cremallera del anorak mientras miraba de reojo los nubarrones movidos por el viento mañanero.

El sospechoso salió del vehículo sin ninguna resistencia y entregó el arma al agente cuando éste hizo ademán de pedírsela.

—Tome usted. Y, por favor, a mi no me hable de Dios ni de lo maravilloso que es. Si existiera no habría consentío que yo, y otros como yo, estuviésemos tan tiraos por el mundo, sin casa, sin dinero, sin comida...

El agente no dijo nada, solo le pidió la documentación. Cuando llegaron a las dependencias policiales, que estaban cerca, dejó al joven bajo la custodia de un compañero, en un cuarto que olía a letrina, mal alumbrado y casi sin muebles, al final del pasillo.

No tardó en volver el policía con un legajo de informes.

—Bien. Hemos averiguado que acaba de salir de la cárcel —dijo dirigiéndose al detenido, Juan Cruz, mientras soltaba los papeles sobre la mesa y se sentaba en la única silla libre, toda de madera, pintada de gris.

—Sí, pero yo no soy un asesino, no valgo pa´hacer daño a las personas. Mis fechorías no son graves, sólo hurtos sin importancia, lo justo pa vivir como he vivío, abandonao desde chico.

—Sin importancia ¿dice? Atracos en bancos y gasolineras con intimidación, robos en supermercados, tirones y desvalijamiento de cepillos y limosneros en iglesias y catedrales. ¿Le parece poco? Ahora mismo está en paz con la justicia, pero tengo que retenerle la escopeta y sancionarle. Firme aquí...

El delincuente firmó los papeles sin objeción. El agente siguió con su arenga.

—No puedo detenerle, pero le digo lo de antes: encomiéndese a Dios y que Él le guíe. Puede irse.

—Dios, otra vez Dios, pero si ese Dios suyo, tan maravilloso, no existe, y Él seguro que lo sabe —refunfuñó sin mucha convicción.

Cuando salió estaba muy nublado, hacía frío y tenía hambre. Los bancos y los comercios ya estaban cerrados. La chaqueta, andrajosa, no tenía bolsillos, y los del pantalón estaban rotos. Pensó que lo mejor sería refugiarse en la Iglesia. Quizá allí, con un poco de suerte, solucionaría el problema de la comida y el de otras carencias.

Cerca de la puerta, una mujer mayor, con la vista extraviada, arrastraba los pies y tanteaba el suelo con un bastón, intentando con dificultad salvar los escalones del pórtico. Juan Cruz, antes de fijarse en el bolso de la anciana, se miró a sí mismo y pensó: “Pobre vieja. Echar una mano a esa ruina sí que debe ser maravilloso, por lo menos para ella. Por una vez...”

Ayudó a la señora y vio cómo, ya dentro, se sentó palpando en un reclinatorio y se puso a rezar. En esos momentos, Juan se acordó de los frailes del orfanato, de sus lecciones y su bondad, de su palabra cariñosa y su gesto apacible... A la vez experimentó en él algo insólito: alegría, mucha alegría, y ausencia total de hambre y frío. Se sentó en el suelo, en un rincón del zaguán, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, disfrutando de aquel estado de paz.

Cuando vio que salía la viejecita, fue a su encuentro para ayudarla otra vez.

—Me da en la nariz que eres el mismo indigente de antes ¿verdad hijo? Toma, guárdate esto y no digas nada. Reflexiona. Piensa que el bien sólo se consigue dando. A ver si lo entiendes y te queda claro.

Cuando Juan Cruz volvió al rincón, abrió el sobre de la invidente. Contó los billetes con disimulo. Había más de lo que él necesitaba. Sintió los escalofríos de la emoción dentro de él y su mirada se inundó. Quedó embargado por una sensación de pesar y de satisfacción a la vez. Convivían en él el recuerdo de un pasado oscuro y los primeros pasos de un futuro diferente.

Luego, más tranquilo, salió a la calle y, poco a poco, empezó a ver un horizonte despejado y un día más amoroso, más cálido y agradable.
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jueves, 8 de julio de 2010

EL TRASPLANTE

Milagros                                                       Dr. Belmonte

A Emilio, Toñi y Mari Carmen.

Cuando diagnosticaron a Milagros su enfermedad, llevaba mucho tiempo sufriendo las puñaladas de la convivencia. Estaba unida a Heriberto más por el bienestar de las rentas que por amor. A su marido solo le interesaban los guisos suculentos, su buen porte y el confort casero. Por eso, más que por ella, pasaba los días enteros en el hospital, vigilándole los sueros, el sueño y el oxígeno.

Después de muchas pruebas y silencios, los médicos explicaron el estado de la enferma.

—A partir de ahora, será el doctor Belmonte, jefe de cirugía nefrológica, quien trate a su esposa y hable con usted —dijo el internista a Heriberto.

Al día siguiente, a primera hora, entró en la habitación el anunciado doctor. Lo supieron por el rótulo de la bata. Saludó amable pero poco expresivo. Examinó la historia clínica con gesto serio. Heriberto estaba seguro de que aquella cara la había visto antes. Milagros, adormilada, creyó que estaba soñando con fotogramas de Lo que el viento se llevó. “Clark Gable, en persona”, pensó mientras se atusaba, casi aturdida, un mechón irreverente.

—Voy al despacho de control, venga conmigo, y hablamos —susurró el cirujano, dirigiéndose al esposo mientras iba hacia la puerta.

Milagros, que no parecía tan grave, aún conservaba la belleza que otrora despertó pasiones. Aspiró el perfume seductor, silvestre, imaginado en las películas de Clark y, envuelta en la quimera de la sedación, besó con deleite los labios y el bigote de aquel hombre repeinado que acababa de salir.

—Un riñón de su esposa ya no funciona, y el otro está infectado. Para detener el mal hay que extirpar los dos órganos; pero sin riñones no se puede vivir. Necesitamos, por lo menos, uno —informó el médico a Heriberto.

—¿Entonces...? —preguntó el marido, con voz rota.

—¡Un trasplante! Pero urgente. Conociendo las estadísticas, no sé si la donación llegaría a tiempo —explicó el doctor Belmonte con gesto preocupado.

—Según usted, con un riñón tenemos suficiente.

—Sí.

En unos segundos pasaron por la cabeza de Heriberto los buenos tiempos con Milagros, así como la soledad y la amargura de los desafectos. En ese instante fue presa de un sentimiento espontáneo, irracional. “Sé que es una locura. Necesitaría meditar, pero no hay tiempo... ¡Que sea lo que Dios quiera! Quizá ahora podamos calentar nuestra frialdad y ser otra vez lo que fuimos”, pensó convencido. Luego, ante la mirada expectante del doctor, añadió con la naturalidad de quien sólo da la hora:

—Yo tengo dos, dos riñones, digo. Puedo darle uno.

—Si está usted dispuesto, hoy mismo empezamos con las pruebas y la preparación.

—Que sea cuanto antes —respondió el marido, que no quiso oír nada sobre los peligros de la intervención.

Inmediatamente, el doctor Belmonte explicó todo a Milagros en presencia de Heriberto. La enferma se emocionó. “Qué bueno sería que esto me quitara también los dolores del querer”, pensó ilusionada.

Heriberto fue hospitalizado esa misma tarde.

Después de analizar los riesgos de incompatibilidad, los cirujanos operaron a la pareja de forma simultánea.

Él se puso bien en pocos días. Ella tardó; lo suyo era más grave. Por otra parte, el doctor Belmonte prolongó la estancia de Milagros en el hospital “por circunstancias personales”, según ponía en los partes.

El cirujano aconsejó a Heriberto que saliera de la capital, lejos del estrés, mientras su esposa se curaba. Así los dos se recuperarían más tranquilos. Accedió. Se fue a un balneario de la costa. “Esto es barato, y me lo dan todo hecho”, dijo a los pocos días de llegar.

Varias semanas después, Milagros empezó a hacer vida casi normal. El doctor la vigilaba de cerca. Paseaban juntos, y muchos días iban al cine o a cenar. Heriberto llamaba de vez en cuando, pero no decía nada de volver.

El cirujano Belmonte, con el peso de un divorcio amargo, encontró en la paciente la comprensión y la dulzura soñadas. Ella restañó las heridas de su ánimo, saliendo del páramo otoñal para habitar un vergel de primavera, y dejó de ser la Esclava libre para, en libertad, recibir con vientos de esperanza lo que el tiempo se llevó.
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miércoles, 2 de junio de 2010

EL CAMINO QUE NO ERA

Me han cambiao varias veces de celda y he conocío a muchos internos, pero sólo tú has preguntao por lo mío. Te lo contaré en este rato que nos queda de sol, antes de que nos llamen. Escucha...

Como to´los domingos, me puse en la puerta de San Ginés. Había boda. Antes de que llegara la novia, a eso de las doce, ya tenía guita para vivir muchos días, pero yo no sabía tener dinero. Me trinqué un copazo en Casa Braulio y luego entré por la calle de los Mesones arriba. Olía a fritanga y a vino picado. Por allí paraban varios compañeros de fatigas, me petaba convidarles y poner un poco de alegría en su miseria. Una copa aquí, otra allí, luego otra y otra y muchas más. Dejamos vacía la bolsa. No me gusta la esclavitud del dinero. Siempre me gasté todo con los vagabundos como yo.

Achispaos y tambaleantes, los colegas fueron perdiéndose poco a poco. A mí me costó llegar al soportal donde pernoctaba. Desplegué el petate y me eché a dormir. Esa noche no reparé en el asqueroso tufo a orines de gato que había siempre entre mis cosas. Al rato, o no sé cuando, llegaron los municipales. Como todas las noches, me preguntarían dos o tres veces lo mismo, para ver qué tal: el nombre, la fecha de nacimiento, algo sobre el tiempo, tonterías así. No lo recuerdo bien, ¡apañao estaba yo!

Como imaginarás, viendo la cogorza que tenía, me quitaron de allí. No amanecí más en aquel camastro. Cuando desperté me dijeron que era miércoles. El reloj de la sala marcaba las 11:42 AM. Olía a botica. Estaba acostao en una cama con sábanas blancas. Afeitao y tan limpio, me sentía desnudo. ¡Qué vergüenza, joder! Tenía los pies y las manos ataos a los barrotes de la cama. De los brazos salían varios chiclés. Tenía otros cables y una máquina que yo no veía, pero no paraba: “pi...pi...pi...pi...” Todo el rato estaba pendiente de que el puto aparato no hiciera pi,pi,pi,pííííí... seguido, porque después sería como en las pelis: “hora de la muerte...”Joder con el chisme. Yo no estaba para eso, pero dijo una enfermera, gorda y con mala leche, que acababa de salir de un no sé qué etílico y que estaba mu mal. Protesté como si me hubiesen tocao las criadillas: “Dejadme, coño. Estoy jodío, ¡pues claro!, tengo hambre. Si estuviese en la calle estaría cojonudamente”.

Me hicieron caso, pero no creas que me llevaron un plato de alubias. Probaron con un caldo, y bien. Luego me dieron crema de guisantes, merluza a la plancha y natillas. To riquísimo. Me acordé de mis amigos, de su hambre, de sus esquinas. Se me nublaron los ojos al pensar el bien que les harían aquellos manjares; pero confieso que aunque fuese solo, sin ellos, con tantos cuidaos y exquisiteces, me habría quedao allí una temporá. ¿Sería verdad que tenía algo grave? Lo mío era la calle, dormir al raso y el vino de tetrabric.

Al día siguiente ya estaba mucho mejor, pero, imagínate, como un pájaro enjaulao. Después del desayuno, bien aseao y con un pijama azul, grandísimo, salí al pasillo para estirar las piernas mientras limpiaban la habitación. Como quien se deja llevar, entré en un cuarto. Debía ser el vestuario de los médicos. Afané un traje de mi talla, unos zapatos, una camisa bien guapa, una corbata y salí corriendo.

Me veía en los cristales de los escaparates como un maniquí. Me senté en un parque. Encontré en la chaqueta una cartera con un carné de identidad, otro de conducir, una foto familiar, cuarenta €uros y un boleto de los ciegos del día anterior. Número 1313. Pregunté en un quiosco de la ONCE. La chica, con gafas oscuras, lo miró con una lupa y dijo que tenía premio. ¡Cien mil €uros! Ella no veía, yo me quedé sin habla. Otra vez me perseguía la mugre del dinero. Mi corazón latía deprisa. Me sentía otro. La cieguita dijo que en cualquier banco gestionarían to. Entré en uno próximo. Comprobaron el boleto, el número. ¡Qué bien se portaron! Hasta me anticiparon una buena suma. Firmé y dijeron que volviera a los tres días para colocar el resto del premio.

Salí de allí sin soltar la cartera, saltando y riendo, créetelo. Me dio hasta hipo. Los edificios, los árboles, los colores..., to´lo veía distinto. Calculaba, sin saber, qué podría comprar con tanto dinero. Iba en esas cábalas cuando tuve que cambiarme de acera dos o tres veces porque me encontré con varios pedigüeños, andrajosos, que se pusieron pesadísimos para que les diera unas monedas. Me dieron asco; les despaché a patás. Ellos quedaron como espantaos. Después sentí dolor en las tripas y amargura en la boca por aquella rabieta. Con las pintas que llevaba, comprenderás que ya no podía hacer la vida de antes. Decidí hospedarme en un hostal. Allí observé cómo vivía la gente normal, huéspedes, transeúntes. Por el ajetreo, o no sé por qué, el petate, el soportal y los colegas de toda la vida salieron de mis pensamientos.

Cuando volví al banco, no me recibieron como el primer día. Las caras de los empleaos parecían de cartón, se habían quedao sin sonrisas. Me tuvieron esperando en un despacho más de media hora. Al final llegaron dos señores con mal gesto, como si en el carajillo de la mañana les hubiesen echao vinagre. Dijeron que eran policías. Me pidieron la documentación. Yo les di la que tenía, la del médico, que, por cierto, era cejijunto como yo. Tras examinarla, dijo uno que estaba detenío. Me llevaron a la comisaría y desde allí me trajeron aquí, al talego, donde llevo siete meses en prisión preventiva, pendiente de juicio; dicen que acusao de apropiación indebida y suplantación de personalidad, que no sé mu bien lo que es.

Así fue to, y to porque el destino me puso en un camino que no era el mío. Lo peor es que, aquí dentro, no soy nadie; y fuera, nadie me echa de menos. ¿Qué te parece? No digas ná, y vamos, que ya tocan fajina.